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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Extraña historia


Esta es una extraña historia y un tanto triste, aunque no su final afortunadamente.

Un hombre anciano recordaba con nostalgia a su difunta esposa.
Se sentía muy solo, puesto que su único hijo, se hallaba preso en la cárcel.
Los años torturaban su esqueleto y apenas se podía mover.
Envuelto en melancolía comenzó a escribir a su hijo, la escritura era su único entretenimiento.
Hijo mío, triste me hayo en la prisión de estos huesos torturados por la edad, bien quisiera dedicar mi tiempo al jardín que tanto amaba tu madre, bien quisiera ver brotar las flores que su sonrisa alimentaban, y si bien pudiera la tierra removería, pero mis huesos…
Su hijo desde el presidio le contestó:
Padre. Jamás se ha de remover la tierra de ese jardín, preso estoy por las vidas que segué,   a las almas  a cuyos cuerpos allí les di sepultura.
La tierra del jardín fue removida a conciencia, pero no hallaron lo que buscaban aquellos que violaron la carta.
Las flores volvieron a brotar al igual que la sonrisa del padre que supo que su hijo hizo todo lo que podía hacer tras las rejas que lo apresaban.






5 comentarios:

María José dijo...

Un cuento doloroso,pero con un final esperanzador.
Besos.

Leena dijo...

Muy listo el hijo...
Una historia con mucha picaresca. Me gusta!!
Gracias x compartirla.
Besitos guapo!!

Nicole Sagan dijo...

Menuda inocentada, ¿eh, Beni?????
jajajajajaaj

ROBER dijo...

Muy buena inocentada Beni. Esa mano descarnada habla claro del final, y las palabras del hijo lo confirman. Buen humor el tuyo Beni.
Un gusto volver por aquí.

Beni dijo...

La mano y los cadáveres sólo estaban en la mente de los que escarbaron el jardín, ayudando sin quererlo a plantar las flores al anciano.
La verdad es que fue una gran inocentada por parte del hijo, una inocentada que partía probablemente de un inocente.
Gracias por los comentarios.

Gracias Rober por tu siempre agradable presencia.

Gracias Maria Jose, has visto el lado más tierno de esta historia.

Gracias Nicole, tú siempre estás ahí.

Gracias Leena, supongo que también oíste el chiste que contó Valentín y que de él tomé el relato.

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